Sukkot: Cosecha, abundancia y saber que todo es temporal


Entre las grandes celebraciones del calendario judío, Sukkot ocupa un lugar profundamente ligado a la naturaleza, la cosecha y la gratitud. Su nombre significa literalmente «cabañas» o «chozas», y hace referencia a uno de sus elementos más característicos, la sukkah, una construcción temporal en la que, durante los días de la festividad, se realizan comidas, se reciben invitados e incluso algunas personas pasan parte de su tiempo cotidiano.
Sukkot comienza el día 15 del mes hebreo de Tishrei y dura siete días. En 2026, la celebración comenzó al anochecer del 25 de septiembre y se prolongará hasta el 2 de octubre, por lo que coincide plenamente con el comienzo del otoño.
La festividad reúne dos significados fundamentales. Por un lado, celebra la recolección de los frutos de la tierra; por otro, recuerda el periodo en el que el pueblo de Israel vivió en moradas temporales durante su travesía por el desierto después de la salida de Egipto.
La sukkah expresa precisamente esa condición provisional. Se construye al aire libre y su cubierta, realizada con materiales vegetales, debe permitir conservar cierta apertura hacia el cielo. Durante unos días, una estructura frágil sustituye simbólicamente a la seguridad de una casa permanente. No se trata de rechazar lo material, sino de recordar que incluso aquello que parece sólido y estable puede ser temporal.
Al mismo tiempo, Sukkot es una fiesta de alegría y abundancia. En la tradición bíblica aparece como la fiesta de la recolección, celebrada cuando ya se han recogido los productos del campo. Después del esfuerzo llega el momento de reconocer lo obtenido y agradecerlo.
Por eso, cosecha y fragilidad conviven de una manera especialmente sugerente: se celebra aquello que se posee mientras se recuerda que nada puede darse completamente por sentado.
Otro de los grandes símbolos de Sukkot son las llamadas Cuatro Especies (Arba Minim): el etrog, un fruto cítrico; una rama de palmera o lulav; ramas de mirto y ramas de sauce. Reunidas, forman parte de uno de los principales rituales de la festividad y vuelven a situar al mundo vegetal en el centro de la celebración.
La sukkah suele decorarse además con frutas, hojas y otros elementos relacionados con la cosecha. Familias y comunidades se reúnen en ella para comer, conversar y celebrar. Así, un espacio construido para desaparecer pocos días después se convierte durante una semana en lugar de encuentro, hospitalidad y alegría.
Tal vez ahí se encuentre una de las imágenes más poderosas de Sukkot: celebrar plenamente aquello que sabemos que no permanecerá para siempre.
La cosecha recuerda la abundancia; la sukkah, su fragilidad. Una habla de recibir y la otra de no aferrarse. Juntas parecen formular una enseñanza sencilla, que no es otra que la de agradecer profundamente lo que tenemos sin convertirlo en algo que creemos poseer para siempre.
Porque nuestra vida también se construye con estaciones. Hay momentos para sembrar, momentos para recoger y momentos en los que aquello que parecía estable cambia inevitablemente. Sukkot invita a disfrutar de los frutos mientras están en nuestras manos y, al mismo tiempo, a recordar que toda morada es provisional.




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